La reflexión de esta semana no es de mi autoría. Fue mi novia quien la escribió, ella va a estar aportando algunas temas de vez en cuando (me gustaría que sea una vez por mes, pero todavía no pude terminar de convencerla, jejeje).
Veamos el siguiente pasaje:
”Mientras tanto, Saulo, respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas de extradición para las sinagogas de Damasco. Tenía la intención de encontrar y llevarse presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres. En el viaje sucedió que, al acercarse a Damasco, una luz del cielo relampagueó de repente a su alrededor. Él cayó al suelo y oyó una voz que le decía:
-Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
-¿Quién eres, Señor? -preguntó.
-Yo soy Jesús, a quien tú persigues -le contestó la voz-. Levántate y entra en la ciudad, que allí se te dirá lo que tienes que hacer.
Los hombres que viajaban con Saulo se detuvieron atónitos, porque oían la voz pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, pero cuando abrió los ojos no podía ver, así que lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Estuvo ciego tres días, sin comer ni beber nada.
Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión.
-¡Ananías!
-Aquí estoy, Señor.
-Anda, ve a la casa de Judas, en la calle llamada Derecha, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista.
Entonces Ananías respondió:
-Señor, he oído hablar mucho de ese hombre y de todo el mal que ha causado a tus santos en Jerusalén. Y ahora lo tenemos aquí, autorizado por los jefes de los sacerdotes, para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre.
-¡Ve! -insistió el Señor-, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.
Ananías se fue y, cuando llegó a la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: ‘Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo’. Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado; y habiendo comido, recobró las fuerzas.
Saulo pasó varios días con los discípulos que estaban en Damasco, y en seguida se dedicó a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios. Todos los que le oían se quedaban asombrados, y preguntaban: ‘¿No es éste el que en Jerusalén perseguía a muerte a los que invocan ese nombre? ¿Y no ha venido aquí para llevárselos presos y entregarlos a los jefes de los sacerdotes?’. Pero Saulo cobraba cada vez más fuerza y confundía a los judíos que vivían en Damasco, demostrándoles que Jesús es el Mesías”. (Hechos 9:1-22)
Este pasaje me recuerda mucho a mi vida. Tal vez para tu sorpresa, no me recuerda a mi vida pasada, sino a mi vida en Cristo.
Muchas veces me sucede que algo que deseo se convierte en un capricho. Tal vez es algo de lo cual estoy convencida de que es bueno para mí, y mis fines son “nobles”, porque lo creo correcto. Y, sin embargo, sin saberlo, estoy errando al blanco.
Esto era lo que le sucedía a Saulo (más adelante, llamado apóstol Pablo): “En cuanto a celo, perseguidor de la iglesia” (Filipenses 3:6). Él creía que lo que hacía era correcto; estaba convencido de que ante los ojos de Dios era bueno. Y, sin embargo, estaba persiguiendo a Jesucristo, al Hijo de Dios, a Dios mismo.
Viene a mi cabeza la imagen de mí misma en una situación en donde estoy a punto de caer. Estoy al borde del pecado, impulsada, empujada por mi propia fuerza a hacerlo; y me voy a pique, como en una colina, cada vez más rápido. “Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15).
De pronto, una voz más fuerte que el ímpetu del pecado me frena (puedes poner aquí tu nombre): “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4b). Es una voz clara, luminosa; aterradora y pacífica a la vez. Una voz tan potente que me causa temor, una voz tan mansa que me resulta acogedora.
Imagino que, al igual que tú y yo, Saulo tuvo la opción de elegir. Elegir ver la luz, escuchar la voz, responder. O elegir seguir en tinieblas, en pecado; ignorar la voz y simplemente seguir por el mismo camino, hacia el fin prefijado.
Saulo eligió. “¿Quién eres, Señor? –Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9:5.). Yo puedo (y tú también) ir más que embalada hacia el pecado, pero siempre, antes de la caída, oigo una voz, la voz del Espíritu Santo que me dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y muchas veces (supongo que tú también) elijo no escucharla. Sin embargo, la voz del Señor me previene; es una alarma que me indica que aquello que estoy apunto de hacer no es correcto.
Caer en pecado es ir en contra de la voluntad de Dios. Y esto, a la corta o a la larga, trae consecuencias negativas. Es que seguir la voluntad de Dios es atenernos al mayor bien posible; sea comprendido a la corta o a la larga (o tal vez nunca).
Entiendo mi pecado. Reconozco la voz de Dios (vs. 5). ¿Y ahora? Pues, si me encontraba fuera de Su voluntad, lo que hago es preguntarle: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Ésta es una frase que muestra el deseo de conocer la voluntad de Dios. Y de esto se trata el arrepentimiento. Me gusta decir que arrepentirse es dar un giro de 180º.
Sin embargo, para clarificar el pasaje, diré lo siguiente: Si me doy cuenta de que el camino por el que voy es el equivocado, no alcanza con un alto. Si me paro, dejo de caminar (es lógico), pero sigo parada en el mismo camino. Lo que debo hacer es parar y dar un paso hacia otra dirección, cambiar de rumbo, ir y caminar por el camino correcto. Es tomar una determinación, no quedarme paralizada. Arrepentimiento (en griego metanoia) significa literalmente cambio de mente, es decir, cambiar la forma en que pensabas (antes creías que algo era bueno, pero entonces te das cuenta de que en realidad es malo, cambias tu parecer al respecto y dejas de hacerlo, para comenzar a hacer otra cosa).
Luego de su encuentro con Cristo, Saulo quedó físicamente ciego. Había estado ciego espiritualmente todos los años en los que persiguió a los seguidores de Jesús. Y ahora, esa ceguera espiritual se había manifestado en lo físico.
Estuvo tres días sin ver. Estuvo ayunando. Estuvo orando. Quería entender, quería conocer a ese Jesús a quien él había perseguido y ante quien no pudo mantenerse en pie y cayó de rodillas. Necesitó estar ciego para poder ver.
Es realmente maravilloso ver que el Señor está lleno de sorpresas hermosas. Muchas veces tiene actitudes de amor tan grandiosas que simplemente escapan a mi entendimiento. De la persona que había perseguido al mismísimo Dios, que no andaba en Su camino, que erraba al blanco (¡cuán reflejada me veo en éstas características a causa de mi naturaleza pecaminosa!); de esta misma persona es de quien dice el Señor: “ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes, como al pueblo de Israel” (Hechos 9:15).
¡Oh, Dios! ¡Cuán inmenso es tu amor! ¡Cuán misericordioso y paciente eres! ¡Eres excelso, maravilloso! Dios, a pesar de mi pecado y del tuyo, elige que tengamos el privilegio de llevar Su nombre ante las naciones. Es Él (y sólo por Él) quien nos hace volver del pecado, es decir, quien nos hace volver de la muerte, para regalarnos un camino junto y acorde a Él, un camino de vida.
Resumiendo, tenemos (figúrate a ti mismo en esta cadena): objetivo (aunque oculto ante nuestros ojos, ya que no sabemos que no es correcto): pecado. Aventón propio hacia el pecado (recuerda el pasaje ya citado de Santiago 1:14-15). Alto. Voz de Dios. Proceso de cambio de camino.
Sin embargo, la ceguera sigue estando. Cuando peco, el pecado hace que la cruz se vuelva un sinsentido; quedo tan enajenada como si no comprendiera el verdadero sentido de Su muerte. Saulo verdaderamente no comprendía la obra de Cristo en la cruz. La Segunda epístola a los Corintios, capítulo 3, versículos 13 al 18 dice: “No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque sólo se quita en Cristo. Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu”. Y Saulo recibió la vista, porque fue el mismo Jesucristo quien quitó el velo a su entendimiento: “Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2º Corintios 4:6).
Me encanta el ejemplo dejado por Pablo. Una actitud extraordinariamente maravillosa y valiente que tuvo fue ésta: “en seguida se dedicó a predicar a Cristo en las sinagogas, diciendo que Éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20).
Me fascina la capacidad que tuvo Pablo de despojarse inmediatamente del viejo Saulo, de ser maleable en las manos de Dios, de dejarse moldear por Él. Saulo renunció por completo a su antigua vida, y al instante comenzó a dar testimonio de Cristo en la misma ciudad en donde él había comenzado Su persecución. Cambió su búsqueda de pecado por la búsqueda de Dios. Proclamó el cambio que Jesús había comenzado en su vida. No se avergonzó, sino que transformó su pecado en un discurso para salvación.
Señor, gracias por tu Palabra. Gracias por todos los ejemplos de vida que puedo encontrar en ella. Ayúdame a reconocer tu voz ante la tentación y a aferrarme a ella, para no caer. Quiero entregar mi vida a tu servicio, quiero ser un instrumento tuyo que lleve tu nombre a las naciones. Que mis errores no sean motivo de vergüenza, sino testimonio de cambio, testimonio de Tu salvación. No permitas que mi ceguera espiritual me impida comprenderte, no permitas que imposibilite a otros de conocerte. En el nombre de Jesús, amén.
diciembre 01, 2005
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