Pensaba escribir algo por la Navidad, pero no lo haré.
Hace unos días me compré un libro de meditaciones acerca del año litúrgico católico. Esta semana estuve leyéndolo, y a decir verdad, me ha sorprendido mucho.
Dije que no iba a escribir acerca de la Navidad, y es cierto, no lo haré. Transcribiré, en cambio, lo que esta obra (Pronzato, Alessandro. La seducción de Dios. Salamanca, Sígueme, 1973. 225 p.) dice al respecto:
"Debemos habérnoslas con un niño:
'Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado' (Isaías 9:6).
'Y esto servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre' (Lucas 2:12).
Cuando Dios ya no puede más
Para comprender la paradoja de la Navidad, el año pasado esperé la media noche releyendo dos profetas: Isaías y Jeremías. Fue una lectura que me ayudó mucho a entender este misterio en su realidad desconcertante, y a presentarme para el encuentro con una conciencia purificada de excrecencias retóricas o sentimentales.
Desde aquellas páginas se intuyen los humores de Dios en relación a los hombres.
Bastará citar las frases más significativas:
'Ira tiene Yahvé contra todas las naciones' (Isaías 34:2). No hace falta discurrir mucho para reconocer que hay motivos para dar y vender (basta una mirada rápida a nuestro interior...).
'Estaba mudo desde mucho ha, había ensordecido, me había reprimido' (Isaías 42:14).
Y ahora:
'Yahvé desde lo alto ruge' (Jeremías 25:30).
Parece acabarse el tiempo de la misericordia de Dios, de sus interminables esperas:
'Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde' (Isaías 65:2).
Sin resultado. Todo inútil. Se ha cansado. Se ha consumido su paciencia.
'¿De una nación así no se vengará mi alma?' (Jeremías 5:9).
Esta pregunta se va repitiendo varias veces como un estribillo siniestro. Y viene reforzada por aquella otra:
'¿Cómo te voy a perdonar?' (Jeremías 5:7).
Por ello no nos debe extrañar que Dios tome una decisión extrema:
'He aquí Yahvé que sale de su lugar a castigar la culpa de todos los habitantes de la tierra contra Él' (Isaías 26:21).
Es inútil hacerse vanas ilusiones acerca de los fines de aquella 'salida':
'Se levanta a pleitear Yahvé y está en pie para juzgar a su pueblo' (Isaías 3:13).
Su venida provoca ruina:
'He aquí que Yahvé estraga la tierra' (Isaías 24:1).
Y entonces será prudente que cada uno busque su refugio:
'Entrarán en las grietas de las peñas y en las hendiduras de la tierra, lejos de la presencia pavorosa de Yahvé y del esplendor de su majestad, cuando Él se alce para hacer temblar la tierra. Aquel día arrojará el hombre, a los ratones y a los topos, los ídolos de plata, los ídolos de oro que él se hizo para postrarse ante ellos y se meterá en lo agujeros de las peñas y en las hendiduras de las peñas, lejos de la presencia pavorosa de Yahvé' (Isaías 2:19-21).
¡Es el día 'del Señor de los ejércitos'! (Isaías 2:12). Al hombre no puede dársele más que este consejo: 'Húndete en el polvo' (Isaías 2:10).
Cuando la Palabra toma la palabra
Y he aquí que amanece el día de la justa venganza de Dios.
El Señor ha salido de su lugar.
Ya no hay salvación. Tendremos que hacer cuentas con Él. Estemos preparados, pues, a aguantar la mirada de este Dios 'terrible'.
'Vamos de prisa a Belén...'. Es mejor afrontar el juicio cuanto antes. La espera es siempre más angustiosa que cualquier condena.
Recojamos nuestros bártulos y pongámonos en camino. Es inútil buscar excusas, preparar defensas, componer justificaciones ridículas. El castigo será inevitable.
Se nos ha informado de que Dios 'ha salido de su lugar' con la intención de 'castigar la culpa de todos los habitantes de la tierra contra Él'.
Es inútil escapar. Es mejor presentarse como culpables.
Un extraño tribunal, en un extraño ambiente. Y un extraño juez.
'Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado' (Isaías 9:5).
Esperábamos un juez inexorable. Y ha llegado un niño...
'¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: he aquí que la doncella ha concebido y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel' (Isaías 7:13-14).
Es verdad, teníamos que saberlo. Cuando Dios pierde la paciencia, nos manda a su hijo. Un niño.
Cuando Dios decide acabar con algo, sale de su lugar para convertirse en el Dios-con-nosotros [Emmanuel].
¡Éste es el Señor que 'estraga la tierra'!
Tendríamos que habernos escondido, siguiendo el consejo del profeta, 'en las grietas de las peñas'. Y resulta que le encontramos en una cueva...
La Navidad nos ofrece precisamente esta sorpresa inaudita.
El día que esperábamos fuego del cielo.
El día en que teníamos que rendir cuentas.
El día en que la Palabra se dirigía directamente a los hombres, sin necesidad de intermediarios...
Pues bien, aquel día...
...'se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres' (Tito 3:4).
'Lo que se hace visible, cuando Dios se manifiesta en persona, es un hombre. Es más, es un niño' (Y.-M. Congar).
'...y encontraron... al niño acostado en el pesebre'.
Aquí hay que rendir cuentas. En esta cueva. Con este niño.
Y son cuentas que se hacen silencio.
Cuando la Palabra se dirige a los hombres directamente, comienza... con un espacio de silencio.
'He callado durante mucho tiempo...'.
Y también ahora cuando la Palabra se ha hecho carne, hay un gran silencio.
Sólo faltaría que fuéramos nosotros quienes le rompieran...
Tú no eres nadie hasta que alguien te ame:
'Os anuncio una gran alegría...' (Lucas 2:10).
'... Y en la Tierra paz a los hombres en los que Él se complace' (Lucas 2:14).
Para que el hombre pueda ser alguien
'Sólo tengo una palabra que decir. Pero si se me permitiese decir esta única palabra, esta única frase, de manera que quedara grabada e indeleble, mi elección estaría hecha. Sé lo que diría: nuestro Señor Jesucristo no era nada, no olvidéis esto, cristianos'.
Esta expresión de Kierkegaard puede parecer paradójica. En realidad no es otra cosa que el comentario más exacto de la realidad más fundamental de la encarnación, de la que habla san Pablo: la kénosis, el anonadamiento, el vacío, el despojo de Cristo.
'Sentid entre vosotros lo mismo que Cristo: el cual siendo de condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su parte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz' (Filipenses 2:5-8).
'Tú no eres nadie hasta que alguien te ame' dice una canción popular estadounidense. Cada uno de nosotros era 'nadie'. En un momento dado, alguien nos llamó por el nombre [Isaías 43:1] y empezamos a existir. Nuestra nada ha sido fecundada por el amor de Dios. Y hemos llegado a ser alguien. Hemos llegado a ser personas.
'¿Qué es lo que sería capaz de probarme que tengo un rostro sino el beso de Dios?' (Mercedes de Gournay).
Así descubro que he sido amado. Que existo porque alguien me ha amado.
Ahí está la raíz de mi ser. Y la raíz de mi unicidad. Alguien que me ama y que me llama por mi nombre.
Sin embargo, el hombre, porque ha pecado, ha vuelto a ser la nada absoluta. Se ha desintegrado, se ha desecho.
Dios le sigue amando, y acepta ser como él, se convierte Él mismo en nada, para que el hombre pueda volver a ser algo, para que de nuevo sea alguien.
'Dios se ha hecho portador de la carne para que el hombre pueda ser portador del Espíritu' (Atanasio de Alejandría).
Esta es la realidad más desconcertante de la encarnación.
'Vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios' (1º Pedro 2:10).
Lo mismo puede decirse a nivel personal. Tú que, con el pecado eras no-persona, eras nada, ahora has vuelto a ser alguien. Te ha sido restituida tu identidad personal.
La 'noticia, motivo de alegría' de la Navidad creo que puede resolverse así: ¡tú has vuelto a ser alguien porque alguien te ama!
El camino que trajo a Dios hasta nosotros
Quizás se nos ha insistido demasiado acerca de los caminos para llegar a Dios.
Y olvidamos que 'no existe un camino que conduzca a Dios' (Karl Barth). Existe un camino sin embargo que trae a Dios hasta los hombres. Empieza precisamente en Belén y termina en el Calvario. Comienza en el pesebre y acaba sobre una cruz.
Sin este camino, todos los nuestros (aún garantizados con textos de especialistas, con abundancia de mapas y minuciosas recomendaciones para el viaje) no desembocan en ninguna parte.
Nuestro encuentro con Dios sólo es posible porque Dios mismo ha venido a encontrarnos.
Se ha observado que la ley del pecado es la caída.
La ley del amor en cambio, es el abajamiento.
Dios elige precisamente el descender.
'Dios no invita al siervo, quedándose Él en su puesto, sino que Él mismo baja a buscarlo. Siendo rico, viene a la casa del pobre. Presentándose, declara directamente su amor y busca un amor igual. Rechazado, no se aleja. Frente a la insolencia no se irrita. Echado fuera, se queda a la puerta y hace todo lo posible por mostrarse como verdadero amante. Martirizado, lo soporta todo y muere' (N. Cabasilas).
Por esta razón, algunos místicos hablan del 'amor loco de Dios'.
El mismo Cabasilas lo explica así: 'dos características revelan al amante y le hace triunfar: la primera consiste en hacer el bien al amado en todo cuanto sea posible, la segunda en elegir por él el sufrir cosas terribles si fuese necesario. Pero esta última prueba de amor, muy superior a la primera, no podía convenir a Dios, que es impasible.
Siendo amigo de los hombres, Dios podía colmarles de beneficios, pero, manteniéndose a distancia, no podía sufrir por ellos...
No debía, sin embargo, quedar escondido el inmenso amor de Dios hacia los hombres: y así, para darnos la prueba de su gran amor, para mostrarnos que nos ama con un amor sin límites, Dios inventa su anonadamiento, lo realiza y hace de manera que sea capaz de sufrir. Así, y con todo el sufrimiento que le viene encima, Dios convence a los hombres de su extraordinario amor por ellos y los trae de nuevo hacia sí...'.
Esta es, pues, la segunda precisión de la 'noticia, motivo de gran alegría': Dios tiene a gala hacernos saber que nos ama. Y, para hacérnoslo saber de la manera más segura, viene Él mismo a comunicarnos la noticia, llegando hasta nosotros, inventando el camino del abajamiento, del anonadamiento.
Así el amor responde al Amor.
'El hombre no cede más que bajo el peso de la extrema humillación de Dios' (Máximo el confesor).
Todos somos 'buscados'
Hay todavía una última información que recibimos con ocasión de la Navidad.
Se podría expresar así: ¿no sabes que te están buscando?
A primera vista, puede parecer una noticia poco tranquilizadora. Todos somos 'buscados' por Dios. No se excluye a nadie.
Sabiendo que nuestros documentos no están en regla, siendo conscientes de que tenemos asuntos sin resolver con la justicia divina, el hecho de que se nos busque no debería ser precisamente un motivo especial de alegría. Al contrario...
Además se da el agravante de que hemos escapado del lugar del delito.
'Adán, ¿dónde estás?' (Génesis 3:9).
Ahora oímos a un paso el respirar del perseguidor...
Pero el profeta, esta vez, barre de un plumazo nuestro miedo y nos explica la dicha de ser 'buscados':
'Mirad que Yahvé hace oír hasta los confines de la tierra: decid a la hija de Sión: mira que viene tu salvador, mira, su salario le acompaña, y su paga le precede. Se les llamará 'pueblo santo', 'rescatados de Yahvé'; a ti se te llamará 'buscada', ciudad no abandonada' (Isaías 62:11-12).
Ahí está la noticia decisiva: somos 'buscados' para no ser nunca más abandonados.
El Dios que nos busca, el Dios que se abajó hasta nosotros no nos abandonará más.
El-que-viene, nos advierte que viene para quedarse. Para estar con nosotros.
El Emmanuel es, precisamente, el Dios-con-nosotros. No un huésped ocasional.
Isaías nos descubre una de las maneras cómo Dos ve a los hombres desde lo alto:
'Él está sentado sobre el orbe terrestre cuyos habitantes son como saltamontes' (Isaías 40:22).
Hay que decir que es una imagen más bien insólita.
Sea lo que sea, ahora el Señor ha abandonado la altura, desde la que los hombres parecían saltamontes.
Bajó a nuestro nivel. Se ha hecho pequeñísimo, un niño. Ha venido a poner su morada entre nosotros.
Y nosotros podemos verlo. Contemplarlo con nuestros ojos. Dios se hace visible, se ofrece a nuestras miradas.
Y nos lleva a Belén, donde nos ha permitido verle, y allí Dios no sólo parece sino que es verdaderamente uno de nosotros.
Pero uno que nos dice:
'Con amor eterno te he amado' (Jeremías 31:3).
Y esta es la noticia, motivo de alegría".
Señor, gracias por tu Palabra. Gracias por venir a habitar entre nosotros, por venir a salvarnos. Gracias por tu infinito e incondicional amor. En el nombre de Jesús, amén.
diciembre 23, 2005
diciembre 16, 2005
Edificar con temor y temblor
Antes que nada, mis disculpas porque la semana pasada anduve dando exámenes y me fue imposible sentarme a escribir.
En la iglesia a la que asisto, trabajo con un pequeño grupo de adolescentes. Aquí en Buenos Aires (en realidad, en todo el hemisferio sur), está por comenzar el verano, por lo que ellos no van a tener clases hasta marzo, que termina el receso, y por ende, sí van a gozar de muchísimo tiempo libre. Por este motivo, el sábado pasado les compartí lo siguiente:
"Cuando uno afirma: 'Yo sigo a Pablo', y otro: 'Yo sigo a Apolos', ¿no es porque están actuando con criterios humanos?
Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino sólo Dios, quien es el que hace crecer. El que siembra y el que riega están al mismo nivel, aunque cada uno será recompensado según su propio trabajo. En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios.
Según la gracia que Dios me ha dado, yo, como maestro constructor, eché los cimientos, y otro construye sobre ellos. Pero cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo. Si alguien construye sobre este fundamento, ya sea con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y paja, su obra se mostrará tal cual es, pues el día del juicio la dejará al descubierto. El fuego la dará a conocer, y pondrá a prueba la calidad del trabajo de cada uno. Si lo que alguien ha construido permanece, recibirá su recompensa, pero si su obra es consumida por las llamas, él sufrirá pérdida. Será salvo, pero como quien pasa por el fuego". (1º Corintios 3:4-15)
Por la misma carta, sabemos que en la iglesia de corinto había varios bandos enfrentados entre sí: "Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito. Digo esto, hermanos míos, porque algunos de la familia de Cloé me han informado que hay rivalidades entre ustedes. Me refiero a que unos dicen: 'Yo sigo a Pablo'; otros afirman: 'Yo, a Apolos'; otros: 'Yo, a Cefas'; y otros: 'Yo, a Cristo'. ¡Cómo! ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O es que fueron bautizados en el nombre de Pablo?" (1º Corintios 1:10-13). Por este motivo, Pablo los exhorta a vivir en unidad, a no dejarse llevar por las diferencias que carecen de sentido ante el sacrificio de Cristo. Recordemos que "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fuimos llamados a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos" (Efesios 4:4-6). Teniendo eso en mente, las rivalidades ya no tienen importancia.
Sin embargo, Pablo retoma este tema en el pasaje citado al principio, pero desde otro ángulo, donde afirma: "no importa quién sentó los cimientos (Pablo), o quién construyó sobre ellos (Apolos), lo que importa son los cimientos mismos (Cristo) y lo que cada uno edifique sobre ellos (crecimiento espiritual)".
Desde el momento en que decidiste seguir a Cristo, Él es el fundamento de tu vida, la roca de la parábola relatada en Mateo 7:24-27. Ahora bien, aquí es donde entra en juego tu responsabilidad: ¿qué edificarás sobre ella?
La clave podemos encontrarla en la carta a los Filipenses, capítulo 2, versículos del 12 al 16:
"Así que, amados míos, tal como siempre obedecieron, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense de su salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para su buena voluntad.
Hagan todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones, para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecen como luminares en el mundo, sosteniendo firmemente la palabra de vida".
El concepto es el mismo: "ocúpense de su salvación con temor y temblor" significa "hagan algo, es su responsabilidad la edificación, no todo termina con la decisión de seguir a Cristo sino que en realidad allí sólo empieza la carrera". Dios es el que se va a encargar de que puedan hacer aquello que se proponen: “Así dice el Señor: Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios. Haré que haya coherencia entre su pensamiento y su conducta, a fin de que siempre me teman, para su propio bien y el de sus hijos” (Jeremías 32:38-39).
Luego, Pablo vuelve a recalcar el concepto de unidad ("hagan todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones") y la función de la iglesia como comunidad ("resplandecer como luminares en el mundo", es decir, dejar brillar la luz de Cristo a través de sí misma).
Finalmente, aparece la clave de la que hablaba: "sosteniendo firmemente la palabra de vida". ¿Cuál es la forma para ocuparse de la salvación, para edificar sobre la roca? Conociendo lo que Dios quiere y espera de nosotros. ¿Cuál es, entonces, la mejor forma de saber qué es eso concretamente? Conociendo a Cristo, la Palabra encarnada. Y, otra vez, ¿cómo se hace eso? Conociendo la Palabra escrita (Biblia), testimonio de la Palabra encarnada (Cristo).
Te digo a ti lo mismo que a los adolescentes de la iglesia donde sirvo: se viene un tiempo de tranquilidad, de mayor tiempo libre (si no vives en el hemisferio sur, igual puedes tomar este consejo), pero no necesariamente de dejadez (flojera). Aprovecha este tiempo para acercarte más a Dios, para conocerlo más. Prepárate para dar más de Dios a quienes te rodean en este nuevo año, en vez de esperar más de parte de ellos. Hazte el hábito de leer la Biblia y de orar, para conocer más al Dios en quien crees. Te sorprenderá, lo prometo.
Señor, gracias por tu Palabra. Ayúdame a vivir este tiempo más cerca de ti, creciendo en el conocimiento de tu gracia. En el nombre de Jesús, amén.
En la iglesia a la que asisto, trabajo con un pequeño grupo de adolescentes. Aquí en Buenos Aires (en realidad, en todo el hemisferio sur), está por comenzar el verano, por lo que ellos no van a tener clases hasta marzo, que termina el receso, y por ende, sí van a gozar de muchísimo tiempo libre. Por este motivo, el sábado pasado les compartí lo siguiente:
"Cuando uno afirma: 'Yo sigo a Pablo', y otro: 'Yo sigo a Apolos', ¿no es porque están actuando con criterios humanos?
Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. Yo sembré, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino sólo Dios, quien es el que hace crecer. El que siembra y el que riega están al mismo nivel, aunque cada uno será recompensado según su propio trabajo. En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios.
Según la gracia que Dios me ha dado, yo, como maestro constructor, eché los cimientos, y otro construye sobre ellos. Pero cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo. Si alguien construye sobre este fundamento, ya sea con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y paja, su obra se mostrará tal cual es, pues el día del juicio la dejará al descubierto. El fuego la dará a conocer, y pondrá a prueba la calidad del trabajo de cada uno. Si lo que alguien ha construido permanece, recibirá su recompensa, pero si su obra es consumida por las llamas, él sufrirá pérdida. Será salvo, pero como quien pasa por el fuego". (1º Corintios 3:4-15)
Por la misma carta, sabemos que en la iglesia de corinto había varios bandos enfrentados entre sí: "Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito. Digo esto, hermanos míos, porque algunos de la familia de Cloé me han informado que hay rivalidades entre ustedes. Me refiero a que unos dicen: 'Yo sigo a Pablo'; otros afirman: 'Yo, a Apolos'; otros: 'Yo, a Cefas'; y otros: 'Yo, a Cristo'. ¡Cómo! ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O es que fueron bautizados en el nombre de Pablo?" (1º Corintios 1:10-13). Por este motivo, Pablo los exhorta a vivir en unidad, a no dejarse llevar por las diferencias que carecen de sentido ante el sacrificio de Cristo. Recordemos que "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fuimos llamados a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos" (Efesios 4:4-6). Teniendo eso en mente, las rivalidades ya no tienen importancia.
Sin embargo, Pablo retoma este tema en el pasaje citado al principio, pero desde otro ángulo, donde afirma: "no importa quién sentó los cimientos (Pablo), o quién construyó sobre ellos (Apolos), lo que importa son los cimientos mismos (Cristo) y lo que cada uno edifique sobre ellos (crecimiento espiritual)".
Desde el momento en que decidiste seguir a Cristo, Él es el fundamento de tu vida, la roca de la parábola relatada en Mateo 7:24-27. Ahora bien, aquí es donde entra en juego tu responsabilidad: ¿qué edificarás sobre ella?
La clave podemos encontrarla en la carta a los Filipenses, capítulo 2, versículos del 12 al 16:
"Así que, amados míos, tal como siempre obedecieron, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocúpense de su salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para su buena voluntad.
Hagan todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones, para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecen como luminares en el mundo, sosteniendo firmemente la palabra de vida".
El concepto es el mismo: "ocúpense de su salvación con temor y temblor" significa "hagan algo, es su responsabilidad la edificación, no todo termina con la decisión de seguir a Cristo sino que en realidad allí sólo empieza la carrera". Dios es el que se va a encargar de que puedan hacer aquello que se proponen: “Así dice el Señor: Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios. Haré que haya coherencia entre su pensamiento y su conducta, a fin de que siempre me teman, para su propio bien y el de sus hijos” (Jeremías 32:38-39).
Luego, Pablo vuelve a recalcar el concepto de unidad ("hagan todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones") y la función de la iglesia como comunidad ("resplandecer como luminares en el mundo", es decir, dejar brillar la luz de Cristo a través de sí misma).
Finalmente, aparece la clave de la que hablaba: "sosteniendo firmemente la palabra de vida". ¿Cuál es la forma para ocuparse de la salvación, para edificar sobre la roca? Conociendo lo que Dios quiere y espera de nosotros. ¿Cuál es, entonces, la mejor forma de saber qué es eso concretamente? Conociendo a Cristo, la Palabra encarnada. Y, otra vez, ¿cómo se hace eso? Conociendo la Palabra escrita (Biblia), testimonio de la Palabra encarnada (Cristo).
Te digo a ti lo mismo que a los adolescentes de la iglesia donde sirvo: se viene un tiempo de tranquilidad, de mayor tiempo libre (si no vives en el hemisferio sur, igual puedes tomar este consejo), pero no necesariamente de dejadez (flojera). Aprovecha este tiempo para acercarte más a Dios, para conocerlo más. Prepárate para dar más de Dios a quienes te rodean en este nuevo año, en vez de esperar más de parte de ellos. Hazte el hábito de leer la Biblia y de orar, para conocer más al Dios en quien crees. Te sorprenderá, lo prometo.
Señor, gracias por tu Palabra. Ayúdame a vivir este tiempo más cerca de ti, creciendo en el conocimiento de tu gracia. En el nombre de Jesús, amén.
diciembre 01, 2005
Cambio de búsqueda
La reflexión de esta semana no es de mi autoría. Fue mi novia quien la escribió, ella va a estar aportando algunas temas de vez en cuando (me gustaría que sea una vez por mes, pero todavía no pude terminar de convencerla, jejeje).
Veamos el siguiente pasaje:
”Mientras tanto, Saulo, respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas de extradición para las sinagogas de Damasco. Tenía la intención de encontrar y llevarse presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres. En el viaje sucedió que, al acercarse a Damasco, una luz del cielo relampagueó de repente a su alrededor. Él cayó al suelo y oyó una voz que le decía:
-Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
-¿Quién eres, Señor? -preguntó.
-Yo soy Jesús, a quien tú persigues -le contestó la voz-. Levántate y entra en la ciudad, que allí se te dirá lo que tienes que hacer.
Los hombres que viajaban con Saulo se detuvieron atónitos, porque oían la voz pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, pero cuando abrió los ojos no podía ver, así que lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Estuvo ciego tres días, sin comer ni beber nada.
Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión.
-¡Ananías!
-Aquí estoy, Señor.
-Anda, ve a la casa de Judas, en la calle llamada Derecha, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista.
Entonces Ananías respondió:
-Señor, he oído hablar mucho de ese hombre y de todo el mal que ha causado a tus santos en Jerusalén. Y ahora lo tenemos aquí, autorizado por los jefes de los sacerdotes, para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre.
-¡Ve! -insistió el Señor-, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.
Ananías se fue y, cuando llegó a la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: ‘Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo’. Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado; y habiendo comido, recobró las fuerzas.
Saulo pasó varios días con los discípulos que estaban en Damasco, y en seguida se dedicó a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios. Todos los que le oían se quedaban asombrados, y preguntaban: ‘¿No es éste el que en Jerusalén perseguía a muerte a los que invocan ese nombre? ¿Y no ha venido aquí para llevárselos presos y entregarlos a los jefes de los sacerdotes?’. Pero Saulo cobraba cada vez más fuerza y confundía a los judíos que vivían en Damasco, demostrándoles que Jesús es el Mesías”. (Hechos 9:1-22)
Este pasaje me recuerda mucho a mi vida. Tal vez para tu sorpresa, no me recuerda a mi vida pasada, sino a mi vida en Cristo.
Muchas veces me sucede que algo que deseo se convierte en un capricho. Tal vez es algo de lo cual estoy convencida de que es bueno para mí, y mis fines son “nobles”, porque lo creo correcto. Y, sin embargo, sin saberlo, estoy errando al blanco.
Esto era lo que le sucedía a Saulo (más adelante, llamado apóstol Pablo): “En cuanto a celo, perseguidor de la iglesia” (Filipenses 3:6). Él creía que lo que hacía era correcto; estaba convencido de que ante los ojos de Dios era bueno. Y, sin embargo, estaba persiguiendo a Jesucristo, al Hijo de Dios, a Dios mismo.
Viene a mi cabeza la imagen de mí misma en una situación en donde estoy a punto de caer. Estoy al borde del pecado, impulsada, empujada por mi propia fuerza a hacerlo; y me voy a pique, como en una colina, cada vez más rápido. “Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15).
De pronto, una voz más fuerte que el ímpetu del pecado me frena (puedes poner aquí tu nombre): “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4b). Es una voz clara, luminosa; aterradora y pacífica a la vez. Una voz tan potente que me causa temor, una voz tan mansa que me resulta acogedora.
Imagino que, al igual que tú y yo, Saulo tuvo la opción de elegir. Elegir ver la luz, escuchar la voz, responder. O elegir seguir en tinieblas, en pecado; ignorar la voz y simplemente seguir por el mismo camino, hacia el fin prefijado.
Saulo eligió. “¿Quién eres, Señor? –Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9:5.). Yo puedo (y tú también) ir más que embalada hacia el pecado, pero siempre, antes de la caída, oigo una voz, la voz del Espíritu Santo que me dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y muchas veces (supongo que tú también) elijo no escucharla. Sin embargo, la voz del Señor me previene; es una alarma que me indica que aquello que estoy apunto de hacer no es correcto.
Caer en pecado es ir en contra de la voluntad de Dios. Y esto, a la corta o a la larga, trae consecuencias negativas. Es que seguir la voluntad de Dios es atenernos al mayor bien posible; sea comprendido a la corta o a la larga (o tal vez nunca).
Entiendo mi pecado. Reconozco la voz de Dios (vs. 5). ¿Y ahora? Pues, si me encontraba fuera de Su voluntad, lo que hago es preguntarle: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Ésta es una frase que muestra el deseo de conocer la voluntad de Dios. Y de esto se trata el arrepentimiento. Me gusta decir que arrepentirse es dar un giro de 180º.
Sin embargo, para clarificar el pasaje, diré lo siguiente: Si me doy cuenta de que el camino por el que voy es el equivocado, no alcanza con un alto. Si me paro, dejo de caminar (es lógico), pero sigo parada en el mismo camino. Lo que debo hacer es parar y dar un paso hacia otra dirección, cambiar de rumbo, ir y caminar por el camino correcto. Es tomar una determinación, no quedarme paralizada. Arrepentimiento (en griego metanoia) significa literalmente cambio de mente, es decir, cambiar la forma en que pensabas (antes creías que algo era bueno, pero entonces te das cuenta de que en realidad es malo, cambias tu parecer al respecto y dejas de hacerlo, para comenzar a hacer otra cosa).
Luego de su encuentro con Cristo, Saulo quedó físicamente ciego. Había estado ciego espiritualmente todos los años en los que persiguió a los seguidores de Jesús. Y ahora, esa ceguera espiritual se había manifestado en lo físico.
Estuvo tres días sin ver. Estuvo ayunando. Estuvo orando. Quería entender, quería conocer a ese Jesús a quien él había perseguido y ante quien no pudo mantenerse en pie y cayó de rodillas. Necesitó estar ciego para poder ver.
Es realmente maravilloso ver que el Señor está lleno de sorpresas hermosas. Muchas veces tiene actitudes de amor tan grandiosas que simplemente escapan a mi entendimiento. De la persona que había perseguido al mismísimo Dios, que no andaba en Su camino, que erraba al blanco (¡cuán reflejada me veo en éstas características a causa de mi naturaleza pecaminosa!); de esta misma persona es de quien dice el Señor: “ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes, como al pueblo de Israel” (Hechos 9:15).
¡Oh, Dios! ¡Cuán inmenso es tu amor! ¡Cuán misericordioso y paciente eres! ¡Eres excelso, maravilloso! Dios, a pesar de mi pecado y del tuyo, elige que tengamos el privilegio de llevar Su nombre ante las naciones. Es Él (y sólo por Él) quien nos hace volver del pecado, es decir, quien nos hace volver de la muerte, para regalarnos un camino junto y acorde a Él, un camino de vida.
Resumiendo, tenemos (figúrate a ti mismo en esta cadena): objetivo (aunque oculto ante nuestros ojos, ya que no sabemos que no es correcto): pecado. Aventón propio hacia el pecado (recuerda el pasaje ya citado de Santiago 1:14-15). Alto. Voz de Dios. Proceso de cambio de camino.
Sin embargo, la ceguera sigue estando. Cuando peco, el pecado hace que la cruz se vuelva un sinsentido; quedo tan enajenada como si no comprendiera el verdadero sentido de Su muerte. Saulo verdaderamente no comprendía la obra de Cristo en la cruz. La Segunda epístola a los Corintios, capítulo 3, versículos 13 al 18 dice: “No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque sólo se quita en Cristo. Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu”. Y Saulo recibió la vista, porque fue el mismo Jesucristo quien quitó el velo a su entendimiento: “Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2º Corintios 4:6).
Me encanta el ejemplo dejado por Pablo. Una actitud extraordinariamente maravillosa y valiente que tuvo fue ésta: “en seguida se dedicó a predicar a Cristo en las sinagogas, diciendo que Éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20).
Me fascina la capacidad que tuvo Pablo de despojarse inmediatamente del viejo Saulo, de ser maleable en las manos de Dios, de dejarse moldear por Él. Saulo renunció por completo a su antigua vida, y al instante comenzó a dar testimonio de Cristo en la misma ciudad en donde él había comenzado Su persecución. Cambió su búsqueda de pecado por la búsqueda de Dios. Proclamó el cambio que Jesús había comenzado en su vida. No se avergonzó, sino que transformó su pecado en un discurso para salvación.
Señor, gracias por tu Palabra. Gracias por todos los ejemplos de vida que puedo encontrar en ella. Ayúdame a reconocer tu voz ante la tentación y a aferrarme a ella, para no caer. Quiero entregar mi vida a tu servicio, quiero ser un instrumento tuyo que lleve tu nombre a las naciones. Que mis errores no sean motivo de vergüenza, sino testimonio de cambio, testimonio de Tu salvación. No permitas que mi ceguera espiritual me impida comprenderte, no permitas que imposibilite a otros de conocerte. En el nombre de Jesús, amén.
Veamos el siguiente pasaje:
”Mientras tanto, Saulo, respirando aún amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas de extradición para las sinagogas de Damasco. Tenía la intención de encontrar y llevarse presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres. En el viaje sucedió que, al acercarse a Damasco, una luz del cielo relampagueó de repente a su alrededor. Él cayó al suelo y oyó una voz que le decía:
-Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
-¿Quién eres, Señor? -preguntó.
-Yo soy Jesús, a quien tú persigues -le contestó la voz-. Levántate y entra en la ciudad, que allí se te dirá lo que tienes que hacer.
Los hombres que viajaban con Saulo se detuvieron atónitos, porque oían la voz pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, pero cuando abrió los ojos no podía ver, así que lo tomaron de la mano y lo llevaron a Damasco. Estuvo ciego tres días, sin comer ni beber nada.
Había en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor llamó en una visión.
-¡Ananías!
-Aquí estoy, Señor.
-Anda, ve a la casa de Judas, en la calle llamada Derecha, y pregunta por un tal Saulo de Tarso. Está orando, y ha visto en una visión a un hombre llamado Ananías, que entra y pone las manos sobre él para que recobre la vista.
Entonces Ananías respondió:
-Señor, he oído hablar mucho de ese hombre y de todo el mal que ha causado a tus santos en Jerusalén. Y ahora lo tenemos aquí, autorizado por los jefes de los sacerdotes, para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre.
-¡Ve! -insistió el Señor-, porque ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes como al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.
Ananías se fue y, cuando llegó a la casa, le impuso las manos a Saulo y le dijo: ‘Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo’. Al instante cayó de los ojos de Saulo algo como escamas, y recobró la vista. Se levantó y fue bautizado; y habiendo comido, recobró las fuerzas.
Saulo pasó varios días con los discípulos que estaban en Damasco, y en seguida se dedicó a predicar en las sinagogas, afirmando que Jesús es el Hijo de Dios. Todos los que le oían se quedaban asombrados, y preguntaban: ‘¿No es éste el que en Jerusalén perseguía a muerte a los que invocan ese nombre? ¿Y no ha venido aquí para llevárselos presos y entregarlos a los jefes de los sacerdotes?’. Pero Saulo cobraba cada vez más fuerza y confundía a los judíos que vivían en Damasco, demostrándoles que Jesús es el Mesías”. (Hechos 9:1-22)
Este pasaje me recuerda mucho a mi vida. Tal vez para tu sorpresa, no me recuerda a mi vida pasada, sino a mi vida en Cristo.
Muchas veces me sucede que algo que deseo se convierte en un capricho. Tal vez es algo de lo cual estoy convencida de que es bueno para mí, y mis fines son “nobles”, porque lo creo correcto. Y, sin embargo, sin saberlo, estoy errando al blanco.
Esto era lo que le sucedía a Saulo (más adelante, llamado apóstol Pablo): “En cuanto a celo, perseguidor de la iglesia” (Filipenses 3:6). Él creía que lo que hacía era correcto; estaba convencido de que ante los ojos de Dios era bueno. Y, sin embargo, estaba persiguiendo a Jesucristo, al Hijo de Dios, a Dios mismo.
Viene a mi cabeza la imagen de mí misma en una situación en donde estoy a punto de caer. Estoy al borde del pecado, impulsada, empujada por mi propia fuerza a hacerlo; y me voy a pique, como en una colina, cada vez más rápido. “Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15).
De pronto, una voz más fuerte que el ímpetu del pecado me frena (puedes poner aquí tu nombre): “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4b). Es una voz clara, luminosa; aterradora y pacífica a la vez. Una voz tan potente que me causa temor, una voz tan mansa que me resulta acogedora.
Imagino que, al igual que tú y yo, Saulo tuvo la opción de elegir. Elegir ver la luz, escuchar la voz, responder. O elegir seguir en tinieblas, en pecado; ignorar la voz y simplemente seguir por el mismo camino, hacia el fin prefijado.
Saulo eligió. “¿Quién eres, Señor? –Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9:5.). Yo puedo (y tú también) ir más que embalada hacia el pecado, pero siempre, antes de la caída, oigo una voz, la voz del Espíritu Santo que me dice: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y muchas veces (supongo que tú también) elijo no escucharla. Sin embargo, la voz del Señor me previene; es una alarma que me indica que aquello que estoy apunto de hacer no es correcto.
Caer en pecado es ir en contra de la voluntad de Dios. Y esto, a la corta o a la larga, trae consecuencias negativas. Es que seguir la voluntad de Dios es atenernos al mayor bien posible; sea comprendido a la corta o a la larga (o tal vez nunca).
Entiendo mi pecado. Reconozco la voz de Dios (vs. 5). ¿Y ahora? Pues, si me encontraba fuera de Su voluntad, lo que hago es preguntarle: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Ésta es una frase que muestra el deseo de conocer la voluntad de Dios. Y de esto se trata el arrepentimiento. Me gusta decir que arrepentirse es dar un giro de 180º.
Sin embargo, para clarificar el pasaje, diré lo siguiente: Si me doy cuenta de que el camino por el que voy es el equivocado, no alcanza con un alto. Si me paro, dejo de caminar (es lógico), pero sigo parada en el mismo camino. Lo que debo hacer es parar y dar un paso hacia otra dirección, cambiar de rumbo, ir y caminar por el camino correcto. Es tomar una determinación, no quedarme paralizada. Arrepentimiento (en griego metanoia) significa literalmente cambio de mente, es decir, cambiar la forma en que pensabas (antes creías que algo era bueno, pero entonces te das cuenta de que en realidad es malo, cambias tu parecer al respecto y dejas de hacerlo, para comenzar a hacer otra cosa).
Luego de su encuentro con Cristo, Saulo quedó físicamente ciego. Había estado ciego espiritualmente todos los años en los que persiguió a los seguidores de Jesús. Y ahora, esa ceguera espiritual se había manifestado en lo físico.
Estuvo tres días sin ver. Estuvo ayunando. Estuvo orando. Quería entender, quería conocer a ese Jesús a quien él había perseguido y ante quien no pudo mantenerse en pie y cayó de rodillas. Necesitó estar ciego para poder ver.
Es realmente maravilloso ver que el Señor está lleno de sorpresas hermosas. Muchas veces tiene actitudes de amor tan grandiosas que simplemente escapan a mi entendimiento. De la persona que había perseguido al mismísimo Dios, que no andaba en Su camino, que erraba al blanco (¡cuán reflejada me veo en éstas características a causa de mi naturaleza pecaminosa!); de esta misma persona es de quien dice el Señor: “ese hombre es mi instrumento escogido para dar a conocer mi nombre tanto a las naciones y a sus reyes, como al pueblo de Israel” (Hechos 9:15).
¡Oh, Dios! ¡Cuán inmenso es tu amor! ¡Cuán misericordioso y paciente eres! ¡Eres excelso, maravilloso! Dios, a pesar de mi pecado y del tuyo, elige que tengamos el privilegio de llevar Su nombre ante las naciones. Es Él (y sólo por Él) quien nos hace volver del pecado, es decir, quien nos hace volver de la muerte, para regalarnos un camino junto y acorde a Él, un camino de vida.
Resumiendo, tenemos (figúrate a ti mismo en esta cadena): objetivo (aunque oculto ante nuestros ojos, ya que no sabemos que no es correcto): pecado. Aventón propio hacia el pecado (recuerda el pasaje ya citado de Santiago 1:14-15). Alto. Voz de Dios. Proceso de cambio de camino.
Sin embargo, la ceguera sigue estando. Cuando peco, el pecado hace que la cruz se vuelva un sinsentido; quedo tan enajenada como si no comprendiera el verdadero sentido de Su muerte. Saulo verdaderamente no comprendía la obra de Cristo en la cruz. La Segunda epístola a los Corintios, capítulo 3, versículos 13 al 18 dice: “No hacemos como Moisés, quien se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo. Sin embargo, la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque sólo se quita en Cristo. Hasta el día de hoy, siempre que leen a Moisés, un velo les cubre el corazón. Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu”. Y Saulo recibió la vista, porque fue el mismo Jesucristo quien quitó el velo a su entendimiento: “Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo” (2º Corintios 4:6).
Me encanta el ejemplo dejado por Pablo. Una actitud extraordinariamente maravillosa y valiente que tuvo fue ésta: “en seguida se dedicó a predicar a Cristo en las sinagogas, diciendo que Éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20).
Me fascina la capacidad que tuvo Pablo de despojarse inmediatamente del viejo Saulo, de ser maleable en las manos de Dios, de dejarse moldear por Él. Saulo renunció por completo a su antigua vida, y al instante comenzó a dar testimonio de Cristo en la misma ciudad en donde él había comenzado Su persecución. Cambió su búsqueda de pecado por la búsqueda de Dios. Proclamó el cambio que Jesús había comenzado en su vida. No se avergonzó, sino que transformó su pecado en un discurso para salvación.
Señor, gracias por tu Palabra. Gracias por todos los ejemplos de vida que puedo encontrar en ella. Ayúdame a reconocer tu voz ante la tentación y a aferrarme a ella, para no caer. Quiero entregar mi vida a tu servicio, quiero ser un instrumento tuyo que lleve tu nombre a las naciones. Que mis errores no sean motivo de vergüenza, sino testimonio de cambio, testimonio de Tu salvación. No permitas que mi ceguera espiritual me impida comprenderte, no permitas que imposibilite a otros de conocerte. En el nombre de Jesús, amén.
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